FRAGMENTO
DEL POEMA - CANTO A MI MISMO
del
libro "Hojas de Hierba"
Me
ha tocado en suerte, lo sé, lo mejor del tiempo y del espacio;
nunca
he sido medido y no seré medido
jamás.
El
viaje que emprendo es eterno (¡que todos me oigan!).
Mis
signos son un capote contra la lluvia,
fuertes
zapatos y un bastón cortado en el bosque,
en
mi silla no sestean los amigos,
No
tengo cátedra ni iglesia ni filosofía,
No
llevo a ningún hombre a una mesa puesta,
a
la biblioteca, a la bolsa, pero a cada uno de vosotros,
hombre
o mujer, lo llevo a una cumbre.
Mi
brazo izquierdo ciñe tu cintura,
Mi
derecha señala los continentes y el gran camino.
Ni
yo ni ningún otro puede andar por ti ese camino,
eres
tú quien debe andarlo.
No
queda lejos, está a tu alcance,
Quizá
estabas en él desde que naciste y no lo has sabido,
Quizá
esté en todas partes, en mar y en tierra.
Échate
tus prendas al hombro, hijo mío, y yo traeré las mías y
apresurémonos;
Ciudades
prodigiosas y naciones libres nos saldrán al paso.
Si
te cansas, dame las dos cargas y apoya tu mano en mi
cadera,
Y
a su debido tiempo me devolverás el mismo servicio,
Porque
ya emprendida la marcha nunca descansaremos.
Esta
mañana, antes del alba,
subí
a una colina para mirar el cielo poblado,
Y
le dije a mi alma: Cuando abarquemos esos mundos, y el
conocimiento
y el goce que encierran, ¿estaremos al fin hartos y
satisfechos?
Y
mi alma dijo: No, una vez alcanzados esos mundos proseguiremos
el
camino.
Tú
también me interrogas y yo te escucho,
Contesto
que no puedo contestar, tú mismo debes encontrar la
respuesta.
Siéntate
un momento, hijo mío,
Aquí
tienes pan para comer y leche para que bebas,
Pero
después de haber dormido y haber cambiado de ropa te beso
con
el beso del adiós y te abro la puerta para que salgas.
Demasiado
tiempo has perdido en sueños deleznables,
Ahora
te quito la venda de los ojos,
Debes
acostumbrarte al brillo de la luz y de cada momento de tu
vida.
Demasiado
tiempo has vadeado, asido a una tabla en la orilla,
Ahora
quiero que seas un nadador, que te arrojes al mar, que
reaparezcas,
que me hagas una seña, que grites y que agites el
agua
con tus cabellos.
Walt Whitman