ROMANCE DE LA PENA NEGRA

 

 

 Las piquetas de los gallos

cavan buscando la aurora,

cuando por el monte oscuro

baja Soledad Montoya.

Cobre amarillo, su carne

huele a caballo y a sombra.

Yunques ahumados sus pechos,

gimen canciones redondas.

-Soledad, ¿por quién preguntas

¿Sin compañía y a estas horas?

-Pregunte por quien pregunte,

dime: ¿a ti qué te importa?

Vengo a buscar lo que busco,

mi alegría y mi persona.

-Soledad de mis pesares,

caballo que se desboca

al fin encuentra la mar

y se lo tragan las olas.

-No me recuerdes el mar

que la pena negra brota

en las tierras de aceituna

bajo el rumor de las hojas.

 

-¡Soledad, qué pena tienes!

¡Qué pena tan lastimosa!

Lloras zumo de limón

agrio de espera y de boca.

-¡Qué pena tan grande! Corro

mi casa como una loca,

mis dos trenzas por el suelo,

de la cocina a la alcoba.

¡Qué pena! Me estoy poniendo

de azabache carne y ropa.

¡Ay, mis camisas de hilo!

¡Ay, mis muslos de amapola!

-Soledad, lava tu cuerpo

con agua de las alondras,

y deja tu corazón

en paz, Soledad Montoya

 

Por abajo canta el río:

volante de cielo y hojas.

Con flores de calabaza

la nueva luz se corona.

¡Oh pena de los gitanos!

Pena limpia y siempre sola.

¡Oh pena de cauce oculto

y madrugada remota!  

 Federico García Lorca

 

1